Espero la lectura de esta nueva entrada, no resulte tediosa por la cantidad de letra impresa utilizada y si suficientemente clara y reveladora de mis periplos en la docencia con todo y sus tribulaciones cotidianas.
Ya he mencionado anteriormente que soy Biólogo de profesión egresado de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México. He de mencionar, además, que justamente fue en el nivel medio superior en donde me decidí a estudiar esta carrera, convencido de que ninguna otra, lograría satisfacer mi creciente curiosidad sobre el mundo viviente y sus fenómenos. Fue la clase de biología de la maestra Irene Quiroz Armenta, en quinto año de preparatoria, la que me abrió las puertas de acceso a una gran cantidad de conocimientos que además de asombrarme me gustaban.
No sólo quería estudiar biología si no que quería hacerlo en la UNAM. Cuando de niño me llevaban a jugar en los jardines de la Ciudad Universitaria y me decían –“algún día tu estudiarás aquí”- me parecía un sueño inalcanzable el poderme integrar a una escuela tan grande y tan bella. Por eso, cuando gracias a mi promedio, obtuve el pase automático y fui aceptado en la Facultad de Ciencias de la UNAM mi corazón se lleno de un gozo enorme con sabor a gran triunfo y de un, no menos grande, primer orgullo “puma”. En la facultad viví experiencias formidables que me confirmaron la vocación por y para la carrera y al final de ella, ya como pasante, busqué trabajo mientras me titulaba. Lo primero que llegó fue una plaza interina como ayudante de laboratorio en una secundaria (1987), luego una corta serie de trabajos en cualquier cosa sin vínculo directo con mis estudios, hasta que me llegó la oportunidad de ingresar a la Secretaría de Marina que estaba solicitando biólogos para sus oficinas desconcentradas en las costas de nuestro país (1990). Ahí tuve mi primer contacto con la docencia de manera indirecta, pues una de mis funciones consistía en impartir pláticas de concientización ecológica a niños de diferentes niveles de educación básica y media, lo cual derivó en la fundación de un club ecologista infantil en la ciudad de Guaymas Sonora (1992).
Después de cinco años de trabajo arduo, aleccionador e itinerante en la Marina, resolví regresar a la ciudad de México a probar fortuna en mi tierra natal. Así fue como después de batallarle un rato se me presentó la oportunidad de entrar a trabajar como responsable del área de laboratorios en el plantel 4 del Colegio de Bachilleres (1995), en donde después de algún tiempo me fui apropiando de horas clase. Hoy en día conservo mis horas clase y una plaza de base como laboratorista en el mismo plantel. Mi experiencia como docente me ha llevado a obtener más horas clase en dos escuelas particulares de esta ciudad: el Colegio del Valle de México (2000) y el Colegio Sócrates (2000). Mi movimiento entre las dos vertientes de la educación en México, la pública y la privada, me ha dado una muy amplia perspectiva de mi ámbito de trabajo y ha logrado desarrollar en mi, en estos casi catorce años, un gusto particular por mis labores docentes. En resumen, llegué a la docencia no por desearlo como prioridad, si no más bien como el resultado de los caminos y las decisiones que he tomado en la vida.
Hoy pienso y siento que ser profesor es una de las profesiones más nobles en este mundo pues colma de satisfacciones a quien la desempeña, muchas veces, muy lejos de las ganancias económicas que deberían redituarle tantas horas dedicadas a la formación de vidas provechosas. Tomando como modelo a mi ya mencionada y querida profesora de biología de preparatoria, estoy plenamente convencido que los docentes a nivel medio superior jugamos un papel importantísimo como “reclutadores” de futuros profesionales en todas las áreas del quehacer humano, pues en la medida que logramos transmitir el interés, el gusto ó, a veces, la pasión por lo que hacemos, lo que somos y lo que somos capaces de lograr; nos constituimos en ejemplo siempre presente para nuestros estudiantes, en cuyas mentes, tal vez, sembramos la semilla de la curiosidad por acceder a conocimientos mayores en la educación superior. Nuestra responsabilidad, en este sentido, es enorme, pues quizá con nuestro trabajo estamos rescatando el futuro científico, tecnológico y cultural de nuestro país, que desde hace muchos años necesita de un repunte notable en cuanto a educación se refiere.
Creo que algunas de las satisfacciones mas grandes que he tenido desempeñando este trabajo han sido en el sentido de haber ayudado a mas de un estudiante a encontrar su vocación o su carrera, haber trabajado como profesor sustituto sin paga por mas de dos meses pues mis alumnos no querían de regreso al titular, hicieron una carta dirigida al director y el me lo dejó a mi criterio; seguí impartiendo clases y el titular cobrando. Aún hoy conservo amistad y contacto con alumnos de ese grupo. Alentar a grupos a desarrollar actividades de protesta no agresivas para mejorar su condición académica o de vida en los planteles y obtener siempre buenos resultados. Más recientemente he iniciado una especie de movimiento para formar una comunidad virtual o red social con todos mis exalumnos con una muy buena respuesta de la mayoría. La finalidad: ponernos en contacto para apoyarnos mutuamente en la realización de actividades culturales o de mejora de nuestra calidad de ambiente y vida.
Las principales fuentes de insatisfacción que reconozco son, por ejemplo, la frustración que experimento cuando con algún grupo no funcionan los métodos que yo creía ya probados como exitosos para la motivación y el aprendizaje, la impotencia para hacer cambiar de opinión a quienes se oponen y tienen el poder para impedir la implementación de nuevas ideas con respecto a cambiar esquemas de acción en los planteles educativos (que ojalá ayude a resolver la reforma y nuestro trabajo). La falta de comunicación y consenso entre las diferentes academias e incluso en la propia, en cuanto a puntos importantes concernientes a la educación de los estudiantes. La falta de tiempo para el análisis y la planeación de nuevas estrategias didácticas por los excesivos requerimientos de evaluación tradicional que muchas veces no revelan el verdadero nivel de aprendizaje de los alumnos. Las carencias en infraestructura en la educación pública que retrasan o de plano hacen inviable la aplicación de alguna estrategia o técnica didáctica. Hoy que escribo esto, reconozco que por la falta de tiempo para la planeación, muchas veces recurro a mis viejas estrategias, pues como ya están hechas y “probadas” se convierten en mi mejor recurso.
Un día típico transcurre entre las diferentes escuelas en las que trabajo. Las clases las imparto por la mañana desde las 07:00 hasta las 15:00 horas. Ya por la tarde a partir de las 16:00 horas me presento a cubrir mi plaza de laboratorista hasta las 22:00 horas. Siempre procuro tener mis planes de clase listos para cada una de las sesiones buscando la mejor manera de comunicar y hacer entender los contenidos específicos del tema que nos ocupe, aunque como ya he referido antes, la falta de tiempo, sobre todo en época de evaluaciones, no me permite la puesta en marcha de procesos mas creativos. En clase procuro ser abierto y flexible, aunque he de reconocer que a veces llego a exasperarme cuando las condiciones en el grupo se presentan desfavorables para completar los objetivos que me he planteado para esa sesión. Procuro variar las técnicas de enseñanza-aprendizaje y las herramientas o instrumentos facilitadores y recientemente he empezado a aplicar estrategias que involucran el uso de las TIC’s. Estoy plenamente consciente de que la forma de educar ha evolucionado al igual que muchas cosas en este mundo, pues son muy diferentes a las que yo conocí en mis tiempos de estudiante, por eso, hoy más que nunca creo en aquella frase que reza: “actualizarse ó morir”,... ó, con una sentencia menos drástica, ostentar la etiqueta de “obsoleto”.
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